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domingo, 22 de noviembre de 2009

Me dejaste

Me dejaste. Pusiste entonces
el espeso sendero sin memoria,
la canción apagada,
destruida, la misteriosa
sombra de tu silencio.


Qué podía decir
si no querías
que mi boca de nuevo te rompiera
brotes de fuego oscuro
por tu boca de nube y de desnudo.

Ay mi amada de sal,
oleaje tu cuerpo, desabrochada
vida tus pechos repentinos,
plenos. Ah qué caricia
tu piel blanca y eterna, tu mirada
encendida, habladora,
de dolorosa luz edificada.

sábado, 7 de marzo de 2009

Cada poema

Cada poema: acercarme al secreto, al recuerdo y al espacio que llenas, aun en silencio. Tomar una fotografía de mi mente, de la manera como echabas tus brazos de repente a mi cuello y sonreías. Cada poema, un momento robado a la muerte y al olvido. Sube del verso un perfume de viento y de metal lejano, por el camino en tiniebla del pasado, y es un paso que me devuelve al rumbo y al destino, a toda esa compacta sensación de haber nacido solo para poder mirarte, para escuchar tu voz y besar, después, siempre, tus labios.


Para qué otra cosa, si no, para qué, después del latido enfebrecido, de la carrera para encontrarte arriba, arriba, junto a la boca de metro. Y cada persona al subir la escalera borraba con su gesto ingrato tu imagen deseada, la espera y la esperanza, cada momento vacío y denso, necesitado de muerte y del nacimiento del nuevo instante, que enseguida erige el deseo y la mirada, hacia el vacío, hacia el espacio, usurpado por rostros ajenos, desconocidos, rostros de arena frágil y borrosa. Hasta que tú surgías.


Y entonces, cómo evitar, cómo impedir que las palabras se agolpen y no puedan contenerse sino en la sonrisa, desembocar en un breve hola, qué escaso disimulo para toda esa marea que sube poderosa en apenas llenarse de tus ojos, apenas absorber aún a algunos metros toda la bocanada llena de tu sonrisa y tu saludo. Y apenas en ese entonces ya no hay sino el refugio oscuro de las bocas, el sigiloso canto tácito del beso, ese minuto en que toda la vida se convierte en agonía, en lucha de miel y de niebla, en combate dulce contra el tiempo que parece, que se queda por un momento derrotado.


Cada poema extrae del pozo agua ennegrecida y musgosa, agua muerta, y la vierte sobre recuerdos vivos, para mojar la luz y envolverla dentro del eco siempre equívoco de la palabra, territorio de todos y de nadie. Porque no hay modo de sentir ya sino en la resonancia, en el recinto oscuro y placentero de la memoria, suavemente lleno de la caricia de la voz dormida, del ritmo y del verso. Y sobrenadar la cruel espuma de la vida, su oleaje, meciéndose de retorno y de ocaso.


 

viernes, 2 de enero de 2009

Palabras entregadas

Sigues aquí, de este lado del tiempo. Tantas veces tu nombre brilla en mi boca, hunde su huella sobre la nieve del sueño, hace emerger la caricia de despertar imaginándote, entreviéndote, el abrazo desvanecido del deseo, tantas veces, sí, que no acierto a saber de mí más allá de tu cuerpo, fuera de tu presencia, de la habitable sombra que proyectas, del agua fresca con que mojas la sed del alma. Escribo a tientas, busco el sonido apagado de los vocablos, su huidiza superficie, palpo en los labios todo el sabor ausente que regalan, toda la imagen ciega que dibujan. Y cuanto trazo, cuanto pienso y deseo se oculta bajo el contorno vivo con que nombran, bajo la piel suave en que protegen el volumen preciso de tu boca, la curva abundancia de tus senos, el cálido refugio de tu sexo, la inabarcable extensión de tus gemidos, densos de placer y de cumbre. Estás hecha de luz, de mirada infinita, labrada en la materia del resplandor y del destello. Vives en mi interior, como estrella cautiva, como cristal oculto, como promesa esquiva. Y te hallo, y anhelo encarcelarte, busco por tu reflejo la bóveda del firmamento, cumplir con este amor, que en la urna breve de tu nombre pone todos los siempres y los nuncas, toda la plenitud de estas palabras que te entrego, como una ofrenda, como un silencio, como una oración tenue y desnuda.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Dónde tu nombre

Dónde tu nombre, sí, dónde tu nombre, por qué labios se mece o se agita, extiende su caricia o su roce, su sonido, breve y sencillo como una luz prendida de repente, como una llama que de pronto brilla agudamente, con el rumor preciso de su tiempo luminoso, exacto y simple. Y seguro que viaja, otras veces, seguro que por cables sigilosos, metamorfoseado en chispa apresurada, y luego de nuevo vuelto en sí, junto a tu oído, se refugia como pájaro, arrebujado en seno cálido, familiar, y desde allí busca su eco, busca el perdido hilo de tu sonrisa o tu atención o tal vez tu incomodidad, busca para encontrarte, para amoldarse a ti como un guante entristecido, que solo se llena y exalta cuando la mano acostumbrada lo va despertando de la flacidez, el abandono, el olvido. 

Tu nombre, como el hueco preciso de la almohada, como el contacto tibio sobre la lengua del té, aún humeante. Tu nombre, qué despacio se va vistiendo del sonido hueco del pensamiento, de la suavidad con que el tejido de nombrarte sin decirte recubre tu recuerdo, la leve plenitud imaginada de tu sonrisa, el espacio huérfano de tu cuerpo, cuanto dentro de mí dibuja la mano caprichosa de la memoria. Y es dulce apurar el silencio, afilar su presencia, hasta que por fin sobre ella de nuevo agita tu nombre sus pequeñas alas, derrama en el aire el fulgor íntimo, su diminuto éxtasis, qué breve urna, qué sagrario de forma escasa y viva. Tu nombre, sí, tu nombre.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Por qué vuelves

No es explicable, no entiendo por qué vuelves. Por qué desde detrás de la memoria, con esa nocturna terquedad de lobo, siempre al acecho discreto, tu imagen viene a mí, tu cuerpo y tu placer y tu olvido, cada vez que el abrazo o el silencio se ahondan, fuera de mí o en mi interior, suavemente, lentamente, hasta alcanzar el fondo del dolor y del regreso, el brillo oscuro de la vida que sobre sí misma se dobla, para hurtarse al tiempo, a su baile mecánico y vacío. 

Hace ya tanto, tanto que no sé de ti, ni me toca tu palabra, ni la espera de verte ni de hablarte. Nada hunde en el día la herida hermosa del instante rescatado, exprimido en el alma como un fruto lleno que demora su pulpa entre los dedos mientras derrama todo el placer acumulado, toda la líquida pasión, que se preserva y luego se derrocha. Hace ya tanto, que no entiendo por qué de nuevo este rasgado dolor, esta cortina de bruma y de lluvia me rodea de ausencia y de recuerdo. Y no es la luz, no es la vida, no eres tú, sino tu doble oscuro, tu inerte réplica llena solo de mí y de lejanía, lo que me ahoga y me seduce. Dónde estás, dónde tus ojos desnudos, tu cuerpo, tu voz, tu latido. Tu sonrisa. 

Pero escribo en el agua, en su rostro fugitivo y tembloroso. Qué vale entonces cada letra, cada palabra, cada eléctrica chispa de recuerdo, si no puedes saber, no lees, si nada sé de ti, por más que pretender olvidarte es desprenderme de mí mismo. Por qué vuelves, por qué decir tu nombre apenas en los labios, sin el espacio lleno de sonido, sólo como un murmullo negro, desechado.

sábado, 14 de junio de 2008

Inacabable beso

Dejo que las palabras salgan, que se alejen de mí y se acomoden en la frase, encuentren un rincón, un lugar despejado y tibio, desde el que hagan volver su sonido, su camino, lentamente. Como antes me devolvías, sonriéndome, toda el alma que se me escapaba, de los ojos y los labios, al decirte te quiero. Me preguntabas "¿de veras?", esas dos palabras, llenas de mimo y bisbiseo. Me preguntabas, recuerdas, y era la puerta desde la que saltar a la plaza soleada de la sonrisa, al reino extenso y dulce del beso, a su bosque escondido y lleno de rumor y de sombras sabrosas.

Ahora, sin embargo, decirlas en las letras es tan lento, es como tallar a navaja una figura, definir los bordes, los perfiles, las líneas exteriores que van desnudando el volumen preciso, dormido dentro de la madera seca y misteriosa. Es difícil apresar la nube del recuerdo, su masa borrosa y blanquecina, hacer que se pose en los vocablos mudos y precisos. Atrapar el baile quieto que se mueve por dentro cuando te ama, tanto y tantas veces dicho, la persona que amas, su amante voz, sus amantes labios y sus ojos, como heridas de luz que sangran claridad, espacio, dicha. Y sin embargo, es necesario, ah y cómo, volver a recorrer las frases, los silencios, regresar los pasos por los acentos, las interrogaciones, las interrupciones, tocar con los dedos ambiciosos el hueco ausente que la memoria llena de materia viva y fértil, de semilla hacia dentro, de la que brotan, como raíces, flores negras, hermosas, suaves, hacia el reino oscuro de lo hondo y sigiloso.

Un día deshiciste una carta, te desprendiste de ella, medio borradas las palabras por el sudor de tu mano, que las apretaba fuertemente, porque no teníamos derecho, pensabas, a la materia, a lo escrito que permanece, recuerda y fija. Solo a las palabras de alas y de huida, solo a su clandestino vuelo ardiente, entre los labios, antesala y descanso de los besos. Deshiciste esa carta y esto que ahora escribo ya no lo leerás ni tan siquiera, ya no habrá entre nosotros ni aun el rito de la destrucción prudente. Quedará como un esbozo de la extraña y perdida arquitectura de nuestro amor extraviado, su laberinto envuelto en la bruma y el silencio. Otros ojos tal vez, mas no los tuyos, otros ojos quizá salten de letra en letra, de palabra en palabra, y tejan esa danza suave que es el amor de ti, que dentro me va moviendo pasos, gestos, voces, silencios. Que ha salido para vestirse de sonidos callados y mostrar, quizá con ese pequeño mohín, ese gesto tan tuyo al responderte "claro que te quiero", para mostrar, decía, su inacabable beso, su hermosa vida, más allá de los reflejos y las huellas, de la palabra escrita, destruida, no leída. Su inacabable, inacabable beso.

sábado, 10 de mayo de 2008

Para velar a Rocamadour

Sabes, el mundo es dulce, pero también se rompe, se quiebra, tantas veces, en lágrimas llenas de silencio que mojan los labios y dejan un recuerdo de sal, y secan en un ahogo que camina por dentro del pecho. Como un gusano laborioso, esa tristeza se demora, y pasa la suavidad de su lengüita por la garganta pero más dentro, y va hurgando en el misterio del dolor y la memoria, y vemos el cuerpo, dulce, como el mundo, el cuerpo de Rocamadour sobre la colcha, dormido pero más dentro del sueño, tocando con los dedos quietos el rostro seco y tibio de la muerte, sus facciones, angulosas, acogedoras, que se quiebran casi en una sonrisa desde lejos, de golondrina y de ocaso. Miramos fijo ese cuerpo porque los niños mueren de otra forma, mueren toda la vida de golpe, como un portazo que destranca los sueños y los juegos, que descompone los tableros derramando en el suelo sorprendido alfiles y caballos, peones, torres, reinas, toda la blancura de las preguntas y la solución de las respuestas negras. Y en ese entonces ya la dulce caída del llanto ha labrado el surco salobre de la angustia sobre las mejillas, y nomás volvemos a mirar el cuerpo, y queremos darle los besos de mañana y de los años rotos, coserle en la memoria ciega un bordado de pasteles y de abrazos, de luces y de amores, ahora que sabemos que no, que no lo alcanza ni tan siquiera el sollozo de loba de la Maga, que ciega todas las fuentes, apaga todas las risas, que ahoga el alma con una enorme manta, tan negra y pesada.

viernes, 4 de abril de 2008

Carta de amor y pérdida

Desde el fondo más íntimo del tiempo, en su hondura suave, remota, desprovista de centro, espacio y orden, la música de tu amor iba durmiendo, toda la eternidad previa a nacer, soñando el despertar en que habría de derramar su armonía secreta, como un ídolo extraviado, una deidad que aún no ha emergido al lugar del credo suficiente, que sin embargo le aguarda, pacientemente, en la casual chispa que nace del encuentro inopinado, seco como una llama, repentino, decisivo. Y es adoración lo que abruptamente crece, se desarrolla, frucitfica al compás del fuego que devora el silencio y lo impregna de calor, de edén que danza en la superficie de los minutos entusiastas, acogedores, sonrientes. Mas después, pasado el ardor, qué hacer con los abandonados objetos de culto, su orfandad, su misteriosa presencia que acumula la pátina del silencio de modo misterioso, lascivo, sordo, provocativo... Oh los ídolos: su concienzuda sombra se proyecta, como un ejército invasor en la memoria; sus uñas negruzcas se nos clavan, hondamente, excavando en la piel valles dolorosos, podríamos decir, valles de lágrimas, donde se pierde la necesaria mansedumbre del instinto. Su destrucción se acerca, su ocaso ensangrentado, rubescente, pero ha de triunfar el tiempo, de nuevo abierto de par en par a los deseos, a la glorificante sensación de respirar el placer puro de la vida, ese licor de seda que se enciende en la garganta, súbito resplandor, llama tejida de placeres movedizos, fecundos y henchidos, de gemidos como llantos, como instantes que rebosan su plenitud humilde y nos llenan de etérea libertad, de roja egolatría... De egolatría o silatría, adoración del tú, de Ti, del absoluto, tan presente aun en ausencia.

Mil Besos de

...

jueves, 3 de enero de 2008

Palabras


Las palabras,

copias hambrientas de las cosas,

esas que callan y exhiben

a la memoria

su difuso perfil,

bocado escurridizo.





Ah, las palabras,

trémulo espejismo,

soledad apetente,

flecha sin blanco,

si sedienta de pálpito y de sangre.





Levantan muros

de imaginarias patrias conquistadas,

encastillando sombras,

arquetipos, ideas.





Tejen espinas

que coronan y endiosan.

Y desatan, al fin,

fugitivas siluetas de silencio.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Carta y recuerdo

Recordarás tal vez la búsqueda, el lugar; café, y té, y mirarnos a los ojos. Vendrán, entonces, las sonrisas, como barcos que arriban a puertos extrañados, y extienden su perfil majestuoso, acompasado por el
leve oleaje de la boca. Y saciarás ahora la vista, al perderla en la ventana, indiferentemente acostumbrada a su paisaje laborable. Repararás
en las nubes, que redimen, que cabalgan lejanas desde el cielo, jinetes puros de blandura y de sueño. En la holgura extendida del horizonte podrás
entonces aventurar los ojos, vagabundos, sigilosos, descuidados. Y evocar las palabras que decías, afilado perfil, herida de placer, imborrable luz, apasionada forma de tu gesto. La hospitalaria y flexible caricia de las bocas. Humedad demorada, dulce asfixia, enjaulada inquietud de la impaciencia que serpentea en los enamorados labios.


Y no podrás desembocar sino en la dicha de amor, en el panal donde apresamos la miel, el vuelo, la peregrina búsqueda del polen. No podrás evocar sino la vida, el canto, la forma como los cuerpos
buscaban sus propias almas, inquilinas del ser avariciosamente amado. Y seguirán buscando, para siempre, para siempre. Aun después de haber
hallado. Y perdido. Buscarán. Siempre.

martes, 24 de abril de 2007

LA BELLA PRINCESA, DURMIENTE (I)


No era difícil adivinar, por la hermosura y la altivez del rostro, que la durmiente era sin duda alguna una princesa. Una doncella nacida en el seno de la familia más noble, rodeada de las atenciones más exquisitas, de los placeres más delicados y los mejores preceptores. Sus dedos dibujaban, finos y letárgicos, en el silencio del sueño mágico, la compostura precisa en las mejores mesas, la delicada y elegante displicencia con que se retira la mano suavemente de los labios de un deslumbrado embajador de allende los mares. Cincelados para los anillos reales, para la promesa y las nupcias más nobles, atraían como imanes la contemplación de cuantos visitaban el enlutado palacio. Parecían suspender, sobre el vientre, la nota final de un impromptu, apenas despojada de las cuerdas del piano, cuando aún vibra abriéndose camino la ensoñación de la nota, cuando aún no ha desposado al silencio en la encantadora atmósfera de la sugerencia inspirada, de la corriente murmurada con que las aguas de una melodía schubertiana corren por el arroyo de la memoria y la intuición.


Después, las miradas se zambullían en adivinar el mudo teclado de los dientes, reventones de azahares en la niñez, perfectas piezas engastadas en la boca juvenil, de labios gordezuelos y misteriosamente finos al tiempo, los cuales ahora, piadosamente, engastaban en la dormida liviandad su blancura repartida en arcos de armonía y ferocidad contenida. Pero quizá el misterio más seductor para los que no la habían conocido despierta, la aventura más desgarradoramente atractiva y cautivadora era asomarse con la imaginación a las lagunas oscuras de sus ojos, de los que manaba, antaño, un brillo infinito, teñido de noche y de silencio, mientras ofrecían la acogedora sima de su hondura inigualable, el pozo de miseria en el que cualquier enamorado príncipe extranjero querría hundir sin fin la mirada y el destino, para bucear en los palacios profundos en los que Eros juguetonamente escondía las flechas doradas más puntiagudas y penetrantes. Mas ahora el velo doble de los párpados mantenía, guardianes adustos e inmisericordes, a tanta claridad y tanta hondura ayunas de la curiosidad y el homenaje amoroso.


No eran pocos los que, decepcionados de tener que asaltar las altas y ocultas fortalezas de los ojos con la imperfecta escala de la imaginación, preferían deleitarse en recorrer morosamente el cuerpo con los ojos, admirando la bella y exacta proporción de los hombros, el realce curvo y travieso de las caderas, la fruta doble de los senos, que brotaban con gracia, floreciendo su redondez, ya no adolescente, bajo la túnica regia con que se amortajaba el sopor hechizado de la joven.


Y si el respeto de unos contrastaba con la lascivia apenas disimulada de otros, no eran sin embargo escasos los artistas que cobraban al verla bríos nuevos para enarbolar el cincel y alancear el mármol en busca de la imagen divina que sin duda yacía en el interior del bloque habilidosamente desgajado de la montaña. O de quienes hacían danzar los pinceles sin descanso sobre los lienzos, con la secreta y vana esperanza de devolver a la vida las manos posadas sobre el regazo, los ojos ya abiertos y sonrientes ofreciéndose a la escrutadora mirada del retratista, los senos que delicadamente imponían a los pliegues graciosamente curvos el hechizo de su forma frutal y deseable.


Inundaban las cortes extranjeras las efigies esculpidas en alabastro o en mármol, las telas ennoblecidas por los ingenios más notables, los poemas, amorosos, trovadorescos, que infundían en las almas acaso más seducción y hechizo que la imagen atrapada en la piedra o rescatada al olvido por las manchas de colores y matices. Y la princesa, aun durmiente, enamoraba la imaginación de pretendientes nobles y soñadores plebeyos, engatusaba las consejas con que las ancianas poblaban de una belleza legendaria las mentes de los niños. Despertaba celos en las muchachas casaderas, ardores imaginarios en los galanes de aldea, quienes requebraban a sus enamoradas llenando los ojos de las efigies admiradas, el alma de los versos cantados en honor de la princesa sumida en el letargo infinito.


Y en fin, la fama de la princesa encantada alcanzó un reino lejano, cuyo heredero suspiraba por encontrar joven reina por subir de su brazo al trono.


sábado, 24 de febrero de 2007

Tardes de recuerdos

A veces el recuerdo se viste de soledad y de ausencia, de sequedad en la boca y en el corazón lleno de cenizas. Y sin embargo la llama alienta, escupe sordamente pequeñas volutas de humo que prenden de repente en los latidos ardientes del alma. Se incendia el tiempo, la soledad arde como una hoguera espaciosa y generosa, preñada de chisporroteos y locuras, de violentas sacudidas de amor y de sombra, de luz y de pasión infinita. Y es cuando crepita la zarza incombustible de la imagen de tus ojos cuando ya no puedo sino desvestirme de apariencias, de soledades y recuerdos, cuando ya me fundo en la presencia relampagueante de tus besos, del sabor tenebroso y dulce de tus labios, de la locura sin fin de abrazarte y olvidarme de todo y de mí y dejar que los ojos que me miraron y me miran desde el recuerdo me inunden definitivamente de felicidad y de dicha y de gloria. Derramada ya, vive la gracia, por todo el corazón, por mi vida inmortal en el instante del beso.

domingo, 18 de febrero de 2007

De Rayuelas y Magas: laberintos del tiempo

Es sencillo desencontrarnos, buscar sin esperanza nuestras huellas antiguas, las pisadas, borradas por el paso del viento envidioso, de los oscuros ojos del olvido. Y sin embargo, los lugares, las cosas, parecen conservar memorias de verme morir de amor, ante tus ojos desnudos y oscuros... Tus ojos, como corrientes de negras amnesias, que amortajan y sorben ávidamente los dulces recuerdos, las miradas cruzadas, flechas de punta de oro contra el límpido cielo, saetas llenas de deseo y de silencios salvajes que fermentan después sordamente en el alma. Se agita ante mí el espacio que habitabas, usurpado por el manoteo de sombras ignotas, por cuerpos desalmados que gesticulan sin sentido, que agonizan en espasmos inexpresivos, interminablemente, imperturbablemente. Y sube entonces la imagen de aquella tarde, en sumo grado alegre y sin embargo tristísima, la que fue la última ante la dulce patria de tus ojos divinos; y se desliza, aun ahora, una lágrima de fuego por mi rostro. Porque te reencuentro, en cada instante vacío de esta tarde desierta, en cada risa que evoca los ecos espejados de tus carcajadas, en cada vivaz sonrisa que revolotea, como la mariposa del recuerdo, por los labios suaves de las mentidas doncellas, las engañosas sirenas que cantan y hechizan más allá de tu voz y tus labios... Tus labios, que prendieron, recuerdas, por dos veces, su llama eterna en mis mejillas.