El mar ofrece ahora agua y sombra,
soledad ancha y húmeda: no basta
con la oscura fatiga del crepúsculo.
Remuevo fríamente
la arena con los dedos;
trazo surcos estériles,
como si pretendiera
buscar dentro de mí tu voz perdida.
(Como si deseara, todavía,
tus besos en la boca, o en los párpados,
o tus manos, cruzadas en la nuca,
mientras escribes en el aire con tus labios
las palabras
te quiero siempre, vida mía)