El sueño espeso del deseo,
la vestidura blanca del olvido,
sus ojos, vacíos y hondos,
todo lo deposito
en el umbral incierto del silencio,
y busco
la humedad impaciente,
la soledad espaciosa de tu boca.
Como aves antiguas
las palabras se mojan
tibiamente en tus labios,
y enseguida
alzan de nuevo un vuelo
oscuro en las moradas
secretas de tus ojos.
Dónde pondrán sus cuerpos
pequeños y lascivos,
alados y precisos,
en qué lecho ansiarán
el temblor
dulce, la llama fría,
los labios resecos
de la muerte.
jueves, 3 de septiembre de 2009
El sueño del deseo
miércoles, 4 de marzo de 2009
Carpe diem
Sobre ti impondrá el tiempo manos negras,
silencio lacio y seco, ruina ausente,
sobre la latitud de tu sonrisa
una bruma de nada derramada.
Y es por la escala secreta de la muerte
por donde trepan pasos fríos
a la cima auroral de tu semblante.
Deja que aliente viva en las palabras
la mano de mi amor presente y cálido,
el eco de crepúsculos perdidos,
la voz que asciende
laboriosa al cenit de tu deseo.
Deja el sabor a espada altiva
de tu cuerpo prendido entre mis labios.
Pon en mi boca ahora
todo el hierro mortal, dulce y helado,
toda la luz voraz que ha de matarme.
miércoles, 7 de enero de 2009
Herirá nuestros ojos
lunes, 29 de diciembre de 2008
Por qué la muerte
su negra espuma de silencio.
Por qué pasa sus manos agrias,
tacto oscuro,
por el espacio claro de tus ojos.
Por qué tiene ese imperio,
esa espera de sangre detenida.
Mírame, sin embargo,
mírame desde arriba, vorazmente,
que se despeñe tu mirada
hecha grito y caída
hasta mis ojos abismados.
Mírame, sin medida,
toca todo mi cuerpo ahora extendido,
busca en mi boca, lentamente,
la soledad completa del deseo;
mantén de par en par tus ojos
abiertos como heridas,
y pon nombre a todos los silencios,
los refugios oscuros de las manos,
las espumas,
las ausencias copiosas de la muerte,
las poternas secretas,
pon nombre a las criaturas
del edén neblinoso de los labios,
y qué despojos de vidas seducidas,
qué fúnebres delicias de los cuerpos,
qué postrera sazón de fruta esquiva,
qué cálices para éxtasis jugosos,
qué sepulcro de flores explotadas,
qué palabra, tu voz, llena de boca.
martes, 7 de octubre de 2008
Ulises, en su lecho de Itaca
resbalara en tus manos y extendiera
su perfume de sombra espesa. Piensas
ahora, densamente, en la marea
de rostros descarnados, sin memoria,
en sus muecas de angustia y sed oscura.
Si verdaderamente no fue cierto,
si no viste vacío en las miradas,
en las bocas, entonces, dime, Ulises,
si no viste ni el rostro de Tiresias,
dime cómo es posible que tu nave
fondee en el vinoso mar de Itaca.
Que tu esposa rebose con sus labios
tu cuerpo de placer y de deleites.
Y la sangre que impregna
con acre tozudez tu olfato y que el perfume
de Penélope hunde en un vahído
de mortal acidez, ¿no es acaso
el trofeo, el valor de tu venganza?
Has derramado tu simiente
en su cuerpo, maduro y olvidado.
Es ahora cuando empieza el sueño,
palacio de memorias y temblores,
de silencios y sombras movedizas.
Ciegas al cíclope
de nuevo, sientes su sangre,
sí, viscosa,
por tus dedos, tensas el arco
y, tantas veces, disparas. Disparas
y oyes, tantas veces, estertores
de agonía.
Por qué no fue posible
navegar para siempre entre la espuma
de la mar calma y venturosa,
soñar, definitivamente,
la muerte dulcemente entre las olas,
o entre los brazos, nacarados, de Nausícaa.
sábado, 13 de septiembre de 2008
Por qué, dime
solamente
un espacio de huella, un molde
áspero de esperanza.
Tal vez no sea ya mi vida
otra cosa que agenda, calendario,
sucesión de minutos, de presentes
prefijados y secos. Por qué entonces.
Por qué motivo tu recuerdo,
tu cuerpo claro, tu boca y tu deseo
de alcanzar el placer me asfixia ahora,
y de noche me inunda
por dentro de los ojos y los sueños.
Si es ya solo de sal la carne inmóvil,
si no siento tus manos
enredadas
en las mías tan terca y vorazmente.
Por qué vuelves, persistes,
y te bebes el tiempo demacrado
que desvivo de ausencia. Por qué, dime,
en este Hades
me esquivas y desvías
tu mirada callada, tu boca ciega,
que me embriaga
de besos arruinados y vacíos.
viernes, 29 de agosto de 2008
Amor y muerte
Ah, tu cuerpo, tiniebla de brumosa caricia,
luz de sorbos ocultos, de oscuridad suave,
qué sin cuidado tejo de memorias de espuma
redes de viento ocre para vestir tu sueño.
Y cómo nuevamente en la copa colmada
de tu boca el silencio me ofreces largamente,
porque invocas mis labios y te bebo la vida
inundando la espera, el deseo, la muerte.
Ellos en el refugio de tus ojos cerrados,
de tu voz apagada como una llama ciega,
tenuemente habitaban, de tus manos dormidas.
Ahora combaten dentro de mis ojos que queman,
de mis manos que ansían, de mi boca que busca
toda la muerte viva de besarte y besarte.
lunes, 14 de julio de 2008
Venimos de la muerte
de la caricia seca de la nada.
Su boca besa la esperanza:
labio de arena ciega, mirada
de óxido inerte. Hechizados,
damos pasos que rasgan
el manto del silencio.
Se exalta
la sombra en la cintura de la estrella,
en el tacto jugoso de la luz:
la vibración precisa,
la flecha que devora
anhelos de humedad, de pálpito,
palabras que rebosan como heridas...
En la ciénaga espesa
de haber amado se condensa
la ruina desnuda de los besos.
Para llegar de nuevo
a las orillas
ávidas y oscuras,
al oleaje mohoso del olvido.
martes, 27 de mayo de 2008
Para la sombra
para las manos oscuras de la lluvia,
la mortaja anhelante,
deseo, pétalo,
cristal remoto,
de suave humedad adormecida.
Para el limpio crepúsculo y presente
escribo ahora,
la barca que rebosa
su sueño abandonado,
su deriva de sal, de viento enrojecido,
vaciada de rumbo y de destino.
Para tus manos beben
el silencio mis dedos en las letras
y salpican sus huellas,
perfume, azar, reloj,
espuma o nieve,
sobre la tibia espalda de los días.
Para tus ojos y tu boca,
se me entornan los labios y los párpados,
como puertas celosas de deidades,
ofrenda, sequedad,
promesa o ruego,
mandamientos de ahogo y de ceniza.
Para la muerte oculto
teoremas de besos sucesivos,
la exacta geometría
medida por mis manos:
tus pechos, frutales, llenos
como lunas,
la calidez estremecida
que tu sexo derrama entre gemidos.
lunes, 18 de febrero de 2008
Oración
Nos persigue el ayer, la sombra escasa, la máscara sin rostro, la mueca vacía y el desprecio. Contamos, en cambio, aún, y es un consuelo inexorable, con toda la muerte por delante, con la fiel, serena y piadosa Muerte. Hermana Muerte, envidio tu prestigio de paciente esperanza y de firmeza. Quiero rezarte ahora, alzar el cáliz oscuro de mi voz como un vino cuajado y perezoso. Hermana Muerte, bebes la sangre espesa como lava, bebes hasta las heces los pecados que rebosan los vientres insurrectos. Devoras el ardor de las palabras asfixiadas, abatidas, de todas las plegarias que consumes. El dulce licor de nuestra vida te emborracha felizmente; y roncas satisfecha, como un cíclope en tu cueva de sombra ineluctable. Hermana Muerte, te ruego humildemente que permitas que cargue todavía el arma de fuego de esta vida. Que escupa los deseos, proyectiles de trayectoria sorda y venenosa, que reviente la tripa del pasado, del obeso pasado, renqueante, monstruo de soledad infatuada. No te olvides que siempre reservé mi existencia para darte tu alimento tan justo y necesario. Que soy tu siervo y vivo solo para besar en la agonía tu boca de negrura decisiva.