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martes, 27 de enero de 2009

Tropecé con tu voz

Tropecé con tu voz. ¡Qué hielo esquivo, 
qué fría soledad, dulce y sedosa, 
fue tocar en silencio la espaciosa 
evocación del aire redivivo!

Y recordé tus ojos, ese altivo
cielo negro de luz que se rebosa,
cumbre voraz de estrellas ardorosa,
resplandor en alud inquisitivo.

Por la orilla del tiempo voy mendigo,
ya volando palabras en el viento,
ya escribiendo en arena tu figura.

Mas no halla en tu mirada fiel testigo,
no se elevan a lomos de tu aliento,
y me pierdo en la noche más oscura.


 

domingo, 25 de enero de 2009

Instrucciones de lectura

Toma mi soledad, abre su cuerpo,
lee en sus páginas el roce áspero
de envejecido aroma seco.
Te detendrás, especialmente,
en las palabras de mirada esquiva,
cuya amarga ironía
se dibuja en labios
apenas arqueados. Puedes fijarte
asimismo en las gotas
intensamente detenidas,
que no terminan de caer del todo
y hacer su ruido humilde contra el suelo.
Ese estallido vivo
habrás de completarlo tú, con el deseo,
encajándolo cuidadosamente
en el perfil ausente, inacabado,
en el eco algo tosco que sugieren
las rimas desgastadas,
los acentos prohibidos y los ritmos
de pasos más dudosos que precisos.
Es posible que extrañes
las miradas, los gestos,
la niebla
tan dulce de las bocas. Todo eso
puede que esté ya hundido
en la fragancia y el silencio, 
la evocación callada
de la lluvia, manchada por la luz
del beso y el deseo. Todo eso
no lo esperes, entonces, de estos versos.
Has de ponerlo tú
en tus labios... Que digan en voz alta
lo que apenas aquí queda en recuerdo.