Ancha es tu luz: hieres el pensamiento
como un abrazo largo de limpia incandescencia.
Y yergues las murallas puras de la sonrisa,
esa viva alcazaba rociada de laúdes.
Gráciles tus dos manos se enlazan en mi nuca
y ofrendas encendidos tus ojos a los míos.
Tu mirada se expande como agua de fuego;
es oleaje de sueño, de fragor y de llama.
Y te inclinas mirando cómo quererte exalta,
cómo es amarte oficio de aurorales tinieblas,
de difuntas desdichas y plegarias de nubes
que imitan los recuerdos en lenta travesía.
Puedo morder el fruto, la luz en la anchurosa
carnación de tu boca como un pozo de cielo,
dulce infierno habitado de hielos venenosos,
de estrellas condenadas a los oscuros besos.